Misterios

10/12/2012

La pureza de ensueño, una bofetada mística, de una silueta contra la luz yacente del atardecer, una silueta mejorada por el humo cargado de vaho y atufando a subsuelo que brota de un canal de ventilación.

La foto, que hice hace unas semanas en el centro de San Francisco con una de mis aliadas más devotas, la cámara plástica y gloriosamente analógica Holga —que en los EE UU cuesta un 50% menos que en las tiendas cool españolas—, me viene que ni pintada para elaborar una metáfora, seguramente injusta y parcial pero no menos válida que cualquier otra, para hablar de esta ciudad, mi acogida, mi sandez urbana, mi escenario cotidiano, el altar del milagro de la supervivencia, un lugar donde bajo la dorada superficie también hay monstruodidad.

Hace unos meses, cuando celebré el primero de mis cumpleaños aquí, resumí doce conclusiones iniciales sobre lo que he encontrado. Ahora, un poco más quemado por la veteranía, extiendo la exploración.

He de advertir que me duelen las manos por algo que quizá sea una incipiente artritis, que el sol se pone cada día a eso de las cinco de la tarde y que las lentejas que preparé este mediodía para comer me llenaron el estómago y el alma de melancolía española, de manera que:

  • Llevo en los dedos la carga del malestar. Quizá las palabras sufran de amargura.
  • La decrepitud de la luz me conduce a un cierto simbolismo formal.
  • Esta gente está loca.

Van pues unas cuantas perplejidades de un extranjero que está en San Francisco pero que todavía no sabe qué demonios es una onza, es incapaz de decir su altura en pulgadas y, sobre todo, se pregunta con desconcertada insistencia por qué siguen teniendo la tensión eléctrica a 120 y disfrutan con el béisbol y el fútbol americano, esas formas bastardas de deportes para homínidos.

1. ¿Dónde están las compresas? Los media no anuncian ni compresas ni tampones. Es como si los artículos de feminine care (tibia expresión digna de Emily Dickinson, cuidado femenino) fuesen tabú. La feroz competencia de los spots españoles con muchachas en microfaldas bailando samba mientras menstrúan felices es impensable. La gente de los anuncios publicitarios de aquí es feliz comprando coches de tamaño ciclópeo o comiendo fast food que parece menstruar. Perdón por la cruda incorrección pero no me he pasado . Juzguen por ustedes mismos y aguarden al final del anuncio para comprobar uno de los grandes axiomas de la publicidad estadounidense: la gota siempre cae.

Nota: Si se han quedado, como yo, fascinados por el anuncio, vean el cómo se hizo.

2. ¿Dónde están los perfumes? Todas las campañas prenavideñas que pueblan mi memoria están fundadas en la hipótesis del continuum del anuncio de un perfume que finalmente siempre es el mismo. Aquí no hay forma: no se anuncian colonias o fragancias, es como si permaneciesen en la misma cámara secreta donde residen las compresas. Aunque la parte burra de mi animalidad me lleva a pensar que o ellos/ellas huelen muy bien o nosotros/nosotras olemos muy mal, en mis excursiones al Walgreens —el gran centro de investigación de campo para profundizar en la etnografía estadounidense— he encontrado muchas marcas de body spray para mujeres y hombres. Nada de limitarse al sobaco: desodorante integral para cada pulgada cuadrada de piel del homínido que hay en ti. En suma: también ellos/ellas huelen mal, pero acaso no confían en la bondad purificante de la ducha diaria.

Nota: El Playboy Vegas —la unión de arquetipos multiplica el impacto— se ofrece en aromas a té, lavanda, jazmín, albahaca y manzana.

3. Microorganismo, te vas a enterar. Lleven como lleven la piel de las zonas interiores, lo incontestable es que tienen las manos más inmaculadas que el Papa de Roma —es un decir—. Los hand sanitizers, esos geles supuestamente antibacterianos que han inventado las farmacéuticas para venderte jabón patanegra, son omnipresentes y, según creo, obligatorios desde la maternidad hasta la tumba. Los llevan en el bolso, adaptados al cinturón por adminículos ad hoc, en los bolsillos y en el alma, y he visto a personas aplicándolos a una barra del autobús o al carrito del supermercado antes de contaminarse las manos con los gérmenes que, están seguros, pueblan el universo para matar a inocentes estadounidenses. Disculpo parcialmente la neurosis porque toda precaución es poca antes de tener que ir al médico y empeñarte en un préstamo millonario para que te curen unos hongos.

Nota: La locura higinenista de los geles, toallitas y líquidos para vivir incólume a los peligros de los microorganismos está llegando a su fin. Ahora se imponen los escáneres desinfectantes de rayos ultravioleta, que, según sus fabricantes, matan «el 99,9 % de bacterias y virus». Y se quedan tan anchos.

4. Éxtasis vitamínico. Vuelvo al lugar del crimen. La cadena Wallgreens (8.300 tiendas, y un beneficio neto este año de 1.630 millones de euros) tiene en su portal online una subportada dedicada en exclusiva a suplementos vitamínicos. Los hay para todos, niños, mujeres y hombres, y, según dicen sus fabricantes, para todo excepto para espantar al Tea Party. Más de la mitad de la población del país cree el mensaje, toma al menos una vitamina o complejo al día y gasta cada año 15.500 millones de euros en la búsqueda del éxtasis vitamínico. No hay quien les convenza, como alertan algunos estudios, de que la vitaminosis está basada en buena medida en el efecto placebo y que los excesos conllevan riesgos que pueden ser mortales. Aunque hay que considerar, otra vez, el temor a los médicos —en los EE UU es preferible ser atracado que entrar en una consulta de bata blancas—, también se debe tener en cuenta que la media de consumo de frutas y vegetales, el más efectivo y barato aporte vitamínico, es más baja que en ningún otra nación desarrollada y que la administración federal todavía insiste con campañas para aumentarla.

Nota: Como uno de los principios fundacionales del imperio es el hedonismo y NUNCA se debe sufrir, tienen un creciente éxito las vitaminas con forma y sabor de gominolas. ¿A quién le amarga un caramelo?

5. Diamantes comunistas. Otro de mis desconciertos navideños corrobora que esta es una sociedad que estima lo dulce como obligatorio. Zales lanza los diamantes-caramelo bajo el reclamo de los colores vivaces de los envoltorios de candies y con el jingle tomado de I Want Candy (The Strangeloves, 1965), que es lo más cerca que los yanquis han estado de adaptar a su forma de vida el Manifiesto Comunista.

Nota: Otra empresa del ramo de la joyería anuncia diamantes estos días. El lema es: «diamantes por sólo 9 con 99 dólares». No se trata de 9,99, sino de 999 y la fluctuación les debe parecer un contrapunto gracioso cuando en el país hay unos cuantos millones de personas que pasan hambre y que nunca colocan la coma decimal en el lugar incorrecto.

[Publicado en Distrito Latino]

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