Crucé el Atlántico en los últimos barcos de pasajeros

30/01/2017

El Begoña

Crucé dos veces el Atlántico en los últimos barcos de pasajeros que enlazaban los puertos ingleses y españoles con las Antillas, el Caribe y Venezuela. Poco después de mi segunda travesía, el avión había derrotado a los barcos y las aguas del océano quedaron huérfanas de trasatlánticos. Todos preferían los modernos Boeing 707 para viajar a Europa. Empezábamos a ser siervos del tiempo y se enfrentaban diez horas contra diez días: los barcos de pasaje eran como artefactos seniles frente a máquinas voladoras de cegador aluminio. Poco importaba el obligado aterrizaje para repostar carburante en el despiadado aeropuerto de Funchal. Sabías, eso bastaba, que mirar por la ventanilla y encomendarte a dios eran sinónimos y con ese consuelo valía la pena volar.

Del mayor peligro de mis dos travesías atlánticas a ras de agua fui testigo presencial sin escándalo ni susto. De un banco de bruma compacta en las cercanías del Estrecho de Gibraltar emergió, en vertical hacia nuestro estribor, la imprevista proa de un gran carguero. Rugió la sirena de aviso del granelero, que volvió a integrarse en la gris viscosidad tan pronto como había aparecido, pasando a lo que me pareció la distancia de una pedrada. Corrí a preguntar qué había pasado, cómo era posible tal cercanía entre ambas naves. Mis padres, un marinero de Malta con el que me llevaba bien, el camarero del bar que me regalaba refrescos…, nadie testificó a mi favor, pero aún vivo convencido de que una insolente forma fantasma de Moby Dick me había guiñado el ojo para anunciarme que la muerte siempre nace de la niebla, ese hogar donde ningún hombre conoce a otro.

Como el semiolvidado Unamuno —muerto pasando frío y vigilado por un falangista hace 80 años, sin que casi nadie recuerde su brillo único en una tierra de calimas que nublan la razón—, ahora entiendo que la enfermedad es la condición esencial del progreso y el progreso mismo, incluyendo los reactores-autobús que llegaron tras el Boeing 707, la más letal enfermedad. Como añadiría el autor de Niebla, “me cago en el vapor, la electricidad y los sueros inyectados”. Aquel par de viajes en barco desde Galicia a Venezuela, en 1959 de ida, con vuelta en 1966, figuran entre los dones más milagrosos que he recibido. A quienes nunca han surcado el Atlántico que encharca de esperanza azul la mirada repito lo que decía el maestro taoísta chino Chuang Tzu hace más de dos mil años: “Una rana en una charca no puede concebir el océano”.

A bordo del primero de aquellos dos barcos —no recuerdo el nombre, pero sí la bandera: era italiano— jugué infatigable en el lavamanos del camarote, porque era mi primer encuentro, tras los cubos del pozo de la aldea, con el futurismo mecánico de los grifos y el manar del agua que corre sin aparente agotamiento. En el segundo, el Begoña, uno de los últimos de la Compañía Trasatlántica Española que cerró por falta de clientela en 1974, asistí a la sesión de cine de mi vida: proyectaron sobre cubierta, bajo la marquesina infinita de la bóveda celeste, El hombre tranquilo. Mientras los adultos bailaban boleros y bebían manhattans en el bar, hice de Inisfree mi Ítaca y de John Ford mi Kavafis y aún mantengo ese convenio.

Quizá porque el mar también emborracha los sentidos, retengo más prodigios de aquellos viajes: niños negros de Trinidad lanzándose al Caribe para bucear en perfectas trazadas en busca de los centavos plateados que lanzaban a lo profundo los pasajeros; un compañero de mesa plácido en su tosquedad cada vez que de postre servían “malón“, repitiendo el barbarismo una vez y otra pese al coro de voces que le corregíamos con una proclama bastante más idiota: “¡se dice melón!”; el té con pastas de las cinco de la tarde en la biblioteca con mi madre, de pronto tan británica…

Llegamos a Vigo, desembarcamos los baúles de emigrantes —mi colección de Tintín, mis discos de los Beatles…—, subimos en taxi hacia el valle de A Mahía, nos detuvimos en un claro del monte, cargamos el equipaje en el carro de vacas que nos esperaba y bajamos a la aldea con el cantar del eje de madera contra las ruedas, un lamento que merece categoría de himno. Había salido de allí a los cuatro años y regresaba a los once, después de vivir siete en la sucursal yanqui que era Venezuela. No recordaba que en Galicia no había carreteras, ni caminos transitables, ni luz eléctrica, ni teléfono, ni agua corriente saliendo de los grifos hasta la eternidad… Sentí que me habían devuelto a Inisfree.

[Escrito para 20 minutosPDF]

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