Palabras para el cáncer de mi padre

07/07/2016
Papá y mamá

Papá y mamá, unos días antes del ingreso hospitalario

No conviene posar la mirada en la herrumbre de cada tornillo del fuselaje del Airbus A320. Para evadirme consideré la tierra de allá abajo un lugar donde centenares de miles de vidas importan tanto como la mía: menos que nada. “La mayoría de nosotros”, dice el escritor Richard Ford, “somos las últimas personas con quienes nadie en su sano juicio querría hablar en un día cualquiera, incluido el de Navidad”.

En ambos trayectos, ida y vuelta, llevé conmigo Francamente Frank, el último libro de Ford, el estadounidense de 72 años al que acaban de conceder el Princesa de Asturias de las Letras de 2016. Le adoro desde 1990, cuando leí Rock Springs, narraciones sobre parias periféricos guarecidos en parques de caravanas y desplomados, en un gag de película muda, sobre las tostadas del desayuno tras un ataque al corazón.

Volé a Galicia, una tierra que podría optar a un exit como el británico por el desprecio estatal español. Los nativos no somos inocentes: respondemos al abandono con la práctica del auto noxo (autodisgusto), derribando las casas natales, quemando los montes para plantar feroces eucaliptos, apoyando la versión de un nacionalismo a feira todavía asentado en los próceres y el folclore, haciendo del sagrado Camino de Santiago una pantomima…

Además de libro de Ford, me acompañó otro papel. Estaba lleno de términos herméticos pero supe que eran parte de un tango oscuro desde el primer momento. Palabras como —y sólo citaré tres— diverticulosis, adenopatías retroperitoneales, carcinomatosis… Un tumor maligno e inoperable que ha metastizado en otros muchos satélites y ante el que solamente cabe la medicina paliativa ha convertido en un campo de minas el interior del cuerpo de 89 años de mi padre. De ahí mi viaje.

La novela de Ford es la última de la tetralogía sobre Frank Bascombe, al que he seguido en su vida novelesca de escritor frustrado, periodista deportivo, agente inmobiliario, vencedor de un cáncer de próstata, padre de un crío muerto a los nueve años y, ahora, jubilado a los 68, temeroso del alzheimer y achacoso —“¿por qué estoy esperando que me ocurra un accidente al andar?”—, pero todavía enemigo del Tea Party y la cuesta abajo de la ética colectiva dominada por “el famoseo y el espectáculo”.

En la tierna mala baba de Bascombe atisbo una prolongación del auto noxo taciturno de los gallegos. Sin la ironía punzante del personaje de Ford, a su modo de aldeano trajinado por la emigración, el mucho trabajo y los desengaños, creo que mi padre también piensa que estar enfermo de muerte debería ser, como opina Bascombe, “hacer un crucero en el puente de mando, comiendo con el capitán (…) Nunca se zarpa ni se llega a ningún sitio, así que no hay sorpresas desagradables ni decepciones sobre si los puertos de escala son feos y aburridos. No hay puertos. Ya está”.

El temblor circular de la barbilla del enfermo y los ojos claros enfocados más allá de nosotros, quizá en un desfile de fantasmas, enfatizó que lo sabe todo, que incluso adivina, como yo, que podríamos estar uno frente al otro por última vez. Me pregunté qué puertas ha olvidado cerrar, qué peso deseaba aligerar, qué errores estimaba dignos de repaso… Silencioso yo también, incapaz de ofrecer mi voz para evitarle escuchar la suya, no me atreví a preguntar.

El protagonista de la novela de Ford es partidario de “recopilar un inventario personal de palabras” que “podrían servir de ayuda” para “pensar más claramente”. En una jornada hospitalaria, mi padre, un profesional del gruñido gallego, achacó a mi madre (90 años y un cuerpo al que todavía resta energía pese a una avanzada artrosis) la elección de la ropa que llevaba aquel día: una chaqueta florida y un pantalón de lino, ambos de un amarillo de cereal ya espigado y seco. “Te queda mal, Fina. ¡Ay, Dios mío!”, dijo el enfermo desde la cama.

Supe entonces que mi padre debería vivir lo que restase con sus palabras, fuesen las que fuesen, y yo con las mías. Algunas, y esto lo copio de Incendios, la primera novela de Ford, son “palabras importantes que uno no quiere decir, palabras que dan cuenta de vidas arruinadas, palabras que tratan de arreglar algo frustrado que no debió malograrse y nadie deseó ver fracasar, y que, de todas formas, nada pueden arreglar”.

Había elegido por azar el libro de Ford sobre lo errático de las palabras, pero, como sucede casi siempre, fue el libro quien me eligió a mí. Creo que fui yo, en cambio y de una manera tan indescifrable como la razón que permite seguir volando a este cacharro de 78.000 kilos, quien eligió a mi padre.

[Escrito para mi sección Las crónicas del cronista en el diario 20 minutos] [PDF]

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2 Responses to Palabras para el cáncer de mi padre

  1. […] mi padre nunca leyó una novela pero del cielo raso colgaban facturas y las moscas exploraban los ganglios de las paredes mientras cenábamos chatarra en silencio […]

  2. […] muerto dulcemente, me cuentan. El cáncer fue rápido y te consumió con más velocidad que mi trámite de buscar tiques de avión, […]

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