Tupelo

27/03/2010

Ev’ry day seems like murder here
Charley Patton

Me llamo Lonnie Handy y vivo en Helena. En la parcela trasera, abierta a Cherry Street, tengo un tupelo de más de ocho metros de altura. Algunos extranjeros se fotografían a su lado. Nunca dejé que colocaran la placa que pretendía el concejo municipal, pero los turistas siguen llegando. Todos creen saber la historia del tupelo.

El nombre científico del árbol es Nyssa multiflora. Le nacen bayas: lágrimas azules que puedes tragar como si fuesen de la mujer que te somete. Pero no hablemos de mujeres: son mejores que yo. Carne, sentimiento y pañales. Quizá otro día.

Pese a lo que digan los cartógrafos, Helena no pertenece a Arkansas. Es una niña apátrida alargándose hacia el caramelo que le ofrece, al otro lado del río, el estado de Mississippi. Los fondeaderos de la ciudad, amusgados como dedos de anciano, se dilatan para alcanzar la orilla distante.

Los hombres del gobierno trazaron la frontera estatal por el cauce del río, como si fuese posible dibujar una línea sobre el universo del agua, el gran disolvente, pero nadie hace caso a los mapas en esta región. El mundo sigue siendo de los dueños de la tierra y el mapa tiene el color del dinero.

En Helena hubo dos cosas, las dos malas. Una batalla y una riada. Ahora celebran una tercera: un festival de blues. La batalla ocurrió ahí enfrente en 1867. La riada ocurrió en todos sitios en 1927.

El tupelo se llama Charley Patton.

Heredé de mi abuelo, Otis Handy, el gusto por bautizarlo todo con nombres de gente. La vaca se llamaba Bessie Ma y la cama Shakin’ Rita, como dos peladas con las que mi abuelo bebía, jugaba a las cartas y ya se imaginan ustedes qué más.

Mi abuelo estaba muerto cuando llegó la hora de bautizar al tupelo. Por eso me tocó a mí tomar la decisión de llamarle Charley Patton.

Levantaron Helena sobre sedimentos del río. El Viejo Baboso, decía el abuelo. El Mississippi, ladrando como un perro de pelea y escupiendo como un niñato ebrio.

Puedes oler las babas del río en las noches de fiebre, cuando los mosquitos suben de la ciénaga, llegan en pandilla y brillan sobre tu cama porque te necesitan en la fiesta. Sofocación, llamamos a ese tipo de noches.

Los días tienen por aquí una dimensión de continente, una fatiga de manecillas engrasadas. Por mucho que digan algunos esnobistas de ciudad, el blues no nació de noche. La lámpara de aquel parto fue el sol que, en las plantaciones, castiga con una severidad racista.

Los días en el Delta son muy largos y el blues siempre estuvo ahí, a plena luz, latiendo en los surcos como una víscera.

El blues es una polifonía de jirones: la piel desgarrada de las manos que arrancan el algodón de las cápsulas; el chirrido de los carros de mulas arrastrando la carga hasta las desmontaderas; los gritos de reclamo de los minoristas ambulantes que ofrecen tamales y moras; el himno milenarista de un ciego en el porche del almacén; los golpes de azada contra las malas hierbas; los gritos de los sondistas de las barcazas; el gemido de los silbatos de los trenes, afinados personalmente por cada maquinista para distinguir un convoy de otro y, a falta de relojes, decirnos la hora en la que vivíamos.

Los braceros de las plantaciones nada poseían, ni una herramienta, ni una tabla, ni un animal. Morían con el mismo pantalón de sarga con el que había muerto su padre. Tenían tiempo para cantar porque vivían para trabajar.

Nosotros éramos unos privilegiados. Mi abuelo hacía injertos para los granjeros. No tenía otra ocupación, pero nos bastaba. Un día le llamaban de Natchez, otro de Vicksburg, Lula o Bentonia.

Sobre todo en las temporadas propicias, a principios de primavera o finales de verano, soldaba yemas en frutales de mandarinas cleopatras, pomelos reales y naranjos agrios. A veces, alguna vieja antojadiza pedía que sus bugambilias tuviesen flores de más de un color. Mi abuelo era capaz de todo con la ayuda de su pequeña navaja de herradura y las cuñas de madera que empleaba para los injertos de púa.

–Nunca debes tocar la herida con los dedos, es como el sexo de una mujer, siempre es mejor usar la lengua –decía.

Disfrutaba viéndole manejarse, practicando incisiones en bisel en la corteza de los árboles, sin manosear jamás el leño; retirando yemas; aseando las ramas fracturadas con lametazos y saliva y usando aquellos términos precisos: rama huésped, rama patrón, axila de la hoja, yema dormida

Charley Patton había tocado para mi abuelo. Raspaba las cuerdas de la guitarra con un cuchillo oxidado. Cuando llegaron los chicos del norte para intentar robarnos la música a los negros, dijeron que la técnica era un precedente etnográfico de la guitarra steel, hablaron de cuartetos yámbicos, notación fasólica, formato de himno y estructura basada en shapenotes. Los universitarios: gafitas de carey, camisas de segunda mano para aparentar obrerismo y los billetes de diez dólares de las becas de las universidades y el Smithsonian…

La verdad es que Charley Patton tocaba con la navaja porque tenía artritis tumefacta en los dedos. Bramaba de dolor en los días húmedos, que por aquí son todos.

Helena es una tierra de achicharrarse, abrasada por el calor y la humedad. Contener el volumen del agua es una batalla interminable en el Delta. La vista se vacía de tanta agua, sólo interrumpida por chozas e iglesias diminutas, y circunvalada por un inmenso silencio de sandía caliente.

Charley Patton bebía más que nadie en todo el Delta y nunca pedía dinero a cambio de sus canciones.

No quiero monedas, dame algo que no pueda guardar en el bolsillo, algo que se agote en mí mismo -decía.

Los bluesmen, siempre tan metafísicos.

A mí abuelo le llamaban El Encajador. Aquí nadie emplea un adjetivo por capricho.

Así empezó la cosa.

Estaban en una barrell-house, una de esas cantinas de chapa y tablones escupidos por el río y alquitranados para darles solidez. Casas de muertos, las llamábamos. Aquellas maderas eran de cabañas arrastradas por las crecidas, desclavadas río arriba por el martillo del agua, golpeador de niños y viejos.

Dentro de la cantina los fantasmas y la música eran gratuitos. Lo demás, de pago.

La noche de julio tenía las piernas abiertas y todos olían a sudor y whisky casero de maíz,  que bebían, porque los venenos nunca vienen en copa, en tarros de vidrio que antes habían guardado conservas de pepino y confitura de calabaza.

A las mujeres, grandes, innegables, les sobraban las batas. Los hombres, derrochados y de costillas salientes, les alisaban con caricias lascivas el vello de los brazos.

Charley Patton acababa de tocar ’34 blues, una canción sobre una ciencia tan inexacta como la Biblia, sexo y automóviles:

Carmen got a little six Buick, big six Chevrolet car
Carmen got a little six Buick, little six Chevrolet car
My God, what solid power!

–Charley, ¿qué sabes tú de Buicks y Chevrolets? –preguntó mi abuelo.

–Aspira hondo cuando entres en el dormitorio de tu hija, Handy. El aroma de mi lengua todavía puede olerse en las sábanas–dijo el bluesmen.

Desde niño Charley Patton vivía en la plantación de Will Dockery, en el condado de Sunflower. Sus padres eran aparceros que disfrazaban el hambre mascando diarios viejos macerados en suero de leche. La madre había nacido tras una violación cometida por un patrón blanco. La sangre mixta era patente en la dignidad del cuerpo y la brevedad de la mirada: los ojos de Charley sobrevolaban el mundo sin posarse. Eso debe ser el blues: que llegues a la estación a tiempo y el tren haya adelantado la salida, que tu abuelo sea blanco.

­–No tengo hijas conmigo, Patton, pero si eres tan calamidad tocando a una mujer como dando siempre las mismas tres notas en esa guitarra, podría estar tranquilo: mi hija sería virgen –contestó mi abuelo.

El comentario pecaba de injusticia: nadie tocaba la guitarra como Charley Patton. Eran sólo tres notas, pero no hace falta más de un clavo para sostener el par de maderos de una cruz.

Todos sabían que era un faldero contumaz y el año anterior un hombre le había tajado el cuello por un asunto de cama y había estado a punto de desangrarse. Ahora, impecable en su traje, siempre el mismo pero renovado por las caricias y los espasmos de sus conquistas, se secaba el sudor con un pañuelo.

Cuando levantó la cabeza, dejó a la vista la cicatriz del navajazo en el cuello, una boca paralela que irradiaba una luz distinta al resto de la piel. Con la misma rabia que había teñido el comentario de mi abuelo, dijo:

–Todos los limoneros en los que alguna vez pusiste las manos están podridos. Tus injertos no son mejores que mi música.

–Eres sórdido como un sapo, bluesman. Ni siquiera te mueves cuando te orinan encima.

Algunos, cansados de tanta pendencia, aprovecharon para salir a sentarse al polvoriento camino, bajo una luna de luz perezosa que les hacía parecer recién lavados en sangre, pero la mayoría de los presentes seguía bebiendo el incierto pero eficaz contenido de los tarros de conservas y haciendo corro en torno a los dos hombres, animándoles a calentarse.

–Chilla, Charley, chilla… ­–decían unos.

–A los cipreses, Handy, invítalo al bosque de cipreses al que llevas a Shakin’ Rita –decían otros.

Patton y mi abuelo no habían añadido una palabra, quizá porque ambos se arrepentían de las muchas ya pronunciadas. Estaban demasiado borrachos para el olvido y se consideraban demasiado machos para el perdón.

La historia, que ahora forma parte del folklore local, ha olvidado quién propuso la apuesta, pero es bien sabido que sus términos fueron aceptados por ambas partes. Se trataba de que los contendientes demostrasen la excelencia de sus habilidades. A mi abuelo le tocaba conseguir que fructificase el injerto imposible de un tupelo, el árbol más caprichoso e individualista de la creación. A Patton, tocar ante un auditorio de blancos sin terminar embadurnado en brea y apaleado por el atrevimiento. Se estableció que todos los presentes actuarían como testigos y volverían a verse un año después para comprobar quién era mejor haciendo milagros: Patton con su guitarra o mi abuelo con sus injertos.

Aquella noche, el 23 de julio de 1926, comenzó el diluvio. El cielo del Delta se coloreó del mismo color que la tierra, un ocre sucio y venenoso. Durante más de ocho meses y sin pausa alguna, llovió y llovió como nadie recordaba, cambiando la vida de todos.

En las capillas, los pastores predicaban el fin de los tiempos. En los campos, las partidas de algodoneros dejaron de trabajar. En el río, los barcos de pasaje y las gabarras de acarreo suspendieron el servicio.

El verbo anegar empezó a tener sentido por primera vez para mí. He oído decir que Mark Twain nunca lo escribió. Ni una sola vez. Twain vestía de lino, fumaba tabaco holandés y un reloj de oro le marcaba la hora del whisky, la hora del asado de carne de cerdo y la hora de llevarse al callejón a una niña negra. Nada sabía sobre los demonios del agua.

En otoño, los cauces ya no existían y el Mississippi se convirtió en una laguna informe. En invierno, los afluentes del río, el Yazoo, el Pearl, el White y el Red, también rebosaron. Al comienzo de 1927, siete estados, Arkansas, Illinois, Kentucky, Louisiana, Mississippi, Missouri y Tennessee, estaban cubiertos por más de diez pies de agua.

La lluvia no cesaba. Un millón y medio de acres estaban inundados, cinco mil personas vagaban hacia los pequeños islotes de arena que sobresalían de la crecida y allí murieron de hambre sin que nadie pudiese hacer nada para ayudarles. El gobierno envió a unos cuantos ingenieros para medir el avance del desbordamiento.

Mi abuelo y yo nos trasladamos unas millas al norte de Helena, a una granja de otros negros libres que se prestaron a acogernos. De Charley Patton nadie sabía el paradero, aunque aseguraban que se hospedaba cerca de Clarksdale, en la autopista 61, donde vivía uno de sus leales, el violinista Son Sims.

A medida que transcurrían aquellos meses de lluvia inmortal, mi abuelo perdió la cabeza. Tal vez los síntomas ya estaban allí, en los truenos de su carácter huraño y en la manera en que, años antes, había renegado de mis padres, aún sabiendo que no tenían nada para llevarse a la boca, pero el ambiente irrespirable de orín y verdura descompuesta de la crecida y la lentitud de la vida, con todo el tiempo para pensar en uno mismo, acrecentaron las excentricidades y la enajenación.

Apenas hablaba con los demás y acechaba a la gente que nos daba cobijo, de quienes decía que eran “negros falsos” y “chivatos de los blancos”. En una ocasión, tras varias noches en vela, pretendió que yo era Charley Patton y, amenazándome con su navaja de injertos, me puso a cantar un gospel “para obligar a Dios a dejar de hacer aguas sobre nosotros”.

Al cabo de la primavera, cuando los ríos retornaron a sus lechos naturales, el barro se había soldado al mantillo de humus como una mano de hombre al muslo de una mujer en una noche caliente. Los amos de las plantaciones ordenaron a los recolectores de algodón que enterrasen a los terneros, cerdos, perros y demás animales, hinchados y pestilentes, que amenazaban con extender cualquier tipo de peste. Los cadáveres de los niños negros importaban menos: flotaban como pequeñas vejigas, viajando con lentitud hacia el Golfo de México.

Un pesimismo nunca antes conocido se paseaba por los caminos. Durante meses, cesaron los silbatos de los trenes y los coros de trabajo. Nadie se atrevía a cantar. Ni siquiera el blues era réquiem suficiente para tanta desgracia.

En cuanto a mi abuelo y a mí, regresamos a Helena en cuanto pudimos. La riada había descuartizado nuestra casa sin dejar un solo listón. Sobre la costra de cieno de la finca, salpicada de harapos que alguna vez habían sido vestidos de mujer o camisas de hombre, Otis Handy se dejó caer con un peso de resignación, asco y demencia. Quiso “entregarse al río y comulgar hasta la muerte con el agua” que había causado aquel estrago, pero yo era un muchacho fuerte y pude con su ímpetu.

Unos días después, encontré el tupelo varado, inconfundible pese al maquillaje del barro. Su viaje había sido turbulento, estaba arrancado de raíz y calvo como una serpiente. Había perdido tres o cuatro ramas y profundos arañazos le fraccionaban la corteza.

Mi abuelo se acercó al árbol yacente y, tras limpiar un segmento del tronco con el pañuelo, lamió la piel grisácea y paladeó con los ojos muy abiertos.

–Con razón te bautizaron Nyssa, como la ninfa marina –dijo.

Con la navajita de herradura trazó una cruz profunda en la pulpa y la savia brotó en un hilo de lágrimas. Mojó los dedos en el caldo amarillento, se santiguó varias veces y rezó a gritos:

–¡Despierta, despierta, vístete de tu fuerza! Sacúdete el polvo, álzate y desata las ataduras. Sal de la frontera del mal y beberé tu vino nuevo. Ahora estás limpia. Ya no perteneces al Viejo Baboso. Eres mía y te someterás, hembra.

Yo sabía lo que sucedería a continuación. Tras quitarse la ropa, mi abuelo montó a horcajadas sobre el tupelo y se masturbó. El semen brotó urgente sobre la hendidura que había rajado en el tronco.

Aquella primera noche, mientras yo permanecía despierto bajo la bóveda negra, mi abuelo y el árbol durmieron juntos. Al día siguiente, me ordenó cortar un esqueje del tupelo y empujar el resto del árbol hacia el cauce del Mississippi. Lo conseguí con la ayuda de una mula de tiro que erraba como un ánima por los campos estériles.

Mi abuelo despidió al tronco flotante blandiendo el brote que habíamos separado:

–Vuelve con tu dueño, ramera. Ahora ya sabes lo que puede hacer un hombre. No te inquietes por nuestro hijo: yo lo criaré.

Tuve que trabajar duro trasegando barro y levantando una barraca con madera y cartón. Comíamos mazorcas de maíz y mandioca que nos traían en camionetas del ejército. Al cabo de unas semanas, un político del norte nos visitó para entregarnos algo de dinero, que gasté en dos pares de zapatos y un saco de abono.

Mi abuelo empleaba el tiempo en una sola tarea, cuidar del esqueje del tupelo. Escupía sobre la rama, la mecía en sus brazos, cuidaba de que no entrase en contacto con la tierra y le cantaba canciones sobre “el Gran Despertar en Jerusalén”.

Una mañana encontré el esqueje plantado en una lata oxidada. Observé en la corteza, por aquí y allá, las menudas viruelas verdes que anunciaban el alumbramiento de los brotes.

Busqué en vano a mi abuelo para ofrecerle el desayuno, pero la faena pendiente, que siempre era mucha, me urgía más que encontrarle. Al atardecer vino a verme uno de los ayudantes del sheriff de Rosedale: habían encontrado su cuerpo en uno de los meandros del río. No voy a mentir: esperaba aquella noticia y dejé que le enterrasen sin ceremonial en una de las fosas comunes donde cubrían con cal viva los cuerpos de los ahogados por la riada.

El 23 de julio no falté a la cita. El barrell-house estaba otra vez en pie. Recibí algunas palabras de condolencia, ofrecí otras y me invitaron a compartir bebida y desorden. El hombre a quien buscaba, con el mismo traje marrón pero los pómulos más salientes, interrumpió la canción que estaba cantando.

–Lonnie Handy, tengo algo para ti y tu abuelo. Es la segunda vez que toco este blues.

Entonces cantó High water everywhere:

Ooooh-uh Lordy, women and grown men drown
Ooooh-uh, women and children sinkin’ down
I couldn’t see nobody home an’ was no one to be found

Al acabar, vino hacia mí y me invitó a salir. Ya no había camino, ni algodonales, ni barracas. Ni siquiera luna quedaba en nuestro cielo.

–Chico, canté esa canción en un entierro de niños blancos ahogados. Estoy vivo para contarlo. También los blancos me entienden. Cuando reces, si todavía lo haces, dile a tu abuelo que cumplí mi parte  –dijo Charley Patton.

–Mi abuelo también cumplió la suya, señor Patton –respondí.

Eso fue todo. Nunca más nos vimos. Sé que Charley Patton siguió pegando a sus mujeres y viviendo sin blanca. También que murió en abril de 1934, tras un mes de enfermedad y dolor, recitando sermones en los que hablaba de un paraíso donde sólo vivían corderos. Ahora es muy famoso y le presentan como el inventor del blues.

El tupelo prendió y, como ya dije, está en la parcela de atrás. Por la ventana veo a una familia de visitantes admirando el árbol. Son negros y llegaron en un automóvil muy caro. Una pareja y dos crías de unos siete años, gemelas. Parecen felices, tienen cara de vacaciones. Oigo como el padre dice:

–Es un tupelo nacido de un injerto, niñas. El único. Tiene nombre: se llama Charley Patton.

–¿Quién era ése, papá? –preguntan las chiquillas.

–Esta guía dice que cantaba blues…

–¿Qué es blues?

El padre no contesta. El padre dispara otra foto.

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Charley Patton: Screamin’ and Hollerin’ the Blues

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Bibliografía:

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10 Responses to Tupelo

  1. trying hard not to sell dreams for small desires on 28/03/2010 at 10:33

    I’m not familiar with Charley Patton’s music.

    Hell.

    I’ve been listening to some songs and I don’t understand what Mr. Patton is singing about, but i like it.

    These songs make me crave a floral dress. White gloves. A bible. A dive in the Mississippi waters.

    • bichito on 31/03/2010 at 19:12

      They say Mr. Patton has so powerful voice it could be heard from 500 meters. No microphones over there.

  2. segun on 28/03/2010 at 16:19

    precioso!

    • bichito on 31/03/2010 at 19:13

      Gracias, Segun.

  3. con el viento en las velas on 05/04/2010 at 20:12

    Qué pasada, niño, esto está muy, muy bien.
    Creo que deberías ser el hijo adoptivo de algún lugar que ya no exista, podrías cerrar los ojos y escribir su historia sin dificultad. Bueno, escucharé en casa a Charley Patton, aquí imposible. Aunque creo que no me hará falta, sólo leyendo tu relato sé cómo canta y qué dice.

  4. […] sería posible sin Charley Patton, el padre del blues del Delta y, por extensión, del blues de Chicago, el rhythm and blues y el […]

  5. Marianasiberial on 19/10/2013 at 23:29

    Jose Ángel, no sé si ya te has dado cuenta, pero yo vivo deseando poder embotellar todo lo que me gusta demasiado. Cuídate de mí.

  6. […] era dada y concurría a los más indecentes garitos de madera y mal whisky casero del camino, con Charley Patton, el aullador, o Robert Johnson, el amigo del […]

  7. […] Lee Hooker o Mississippi Fred McDowell —por no hablar de los verdaderos progenitores del blues: Charley Patton, Robert Johnson, Mississippi John Hurt, Son House, Big Bill Bronzy, Howlin’ Wolf, Skip […]

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