Sigo siendo eurófobo

13/07/2016

En algún momento de mi vida participé en el bastante necio planteamiento de considerar que Galicia y sus comarcas radiales —Asturias, El Bierzo, Trás-Os-Montes…— deberían ser anexados a la Mitteleuropa de los nibelungos y los filetes empanados. Fue una broma neorromántica para agriar los tiempos de albricias en que España tocaba el timbre del club que entonces se conocía, creo que con mayor precisión léxica que ahora, como Comunidad Económica Europea.

Como mis colegas de correrías —llamamos a aquello atlantismo y propusimos levantar un Telón de Grelos para salvaguardarnos en un lebensraum pequeñito pero resultón—, yo también era eurófobo y estaba en contra de la adhesión, una idea que, me parece todavía necesario recordar, nace de un abuso, porque firmas un “contrato que se constituye por el mero consentimiento de una parte, que acepta sin discusión los contenidos de la oferta de la otra parte”. Ahora es pecado mortal la disidencia: o eres europeísta o perteneces a la barra brava de los ingleses de la basura blanca, esos que nos enternecen en las películas de Ken Loach pero que maldecimos porque votan brexit.

Éramos muchos a mediados de los ochenta los que no queríamos saber nada de la unidad continental. Nos decían que significaba estabilidad pero los militares seguían afilando los sables, ETA tiraba de Parabellum con mortal eficacia y los cambios de bando de Franco a Voltaire se anunciaban en los diarios. Ahora sabemos que los lobbies político-econonómicos aprovechaban para estudiar con tesón los manuales de funcionamiento y estructura de la ‘Ndrangheta.

Nunca fui atlántico —era una impostura, repito—, pero sigo siendo eurófobo. Desde que vivo en Berlín lo tengo más claro: no entiendo a estos túzaros, como dirían en mi aldea, que hablan a gruñidos y, lo que es peor, piensan gruñendo. ¿Saben de que les hablo? ¿Han visto alguna vez a una cajera de supermercado que desea matarte? ¿Han sospechado que el hipster es nieto de Reinhard Heydrich, la Bestia Rubia que diseñó los campos de exterminio con la finura de un ingeniero?

Nada hay para mí en las calles inmensas de esta ciudad pensada para gigantes y poblada por enanos. No voy a llorar: el dinero alcanza para lo básico, vivo en un cuarto piso custodiado por un castaño salvaje y soy capaz de alimentarme de libros, música y amor, pero ¿atisban la angustia de sentirse no legitimado, condición que es tan necesaria en este país y, por extensión, en la Europa que comanda, como tener sangre en las venas? Desprecio el verbo legitimar: es el escudo de los policías blancos al disparar (cuatro veces) contra un negro desarmado.

[Escrito para el diario 20 minutos] [PDF]

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