Momento

07/10/2009

Acabo de leer un par de libros sobre el 11-S: El segundo avión, de Martin Amis, y La torre elevada, de Lawrence Wright, que ganó el Pulitzer en 2007.

Del primero se pueden anotar dos evidencias. La primera, de escasa importancia para cualquier lector, es su carácter abrasivo y, con seguridad, incorrecto. El escritor inglés gusta del boxeo de la polémica y de vociferar lo que muchos pensamos pero preferimos callar. Hace unos días, resumió su posición sobre el islamismo integrista:

Los palestinos son humillados a diario, sí, pero eso no se puede decir del islam en general. Por eso no me gusta la expresión islamismo, prefiero alqaedismo(…) El problema de opinar sobre el islam es que siempre aparece el racismo. Si Al Qaeda fuera de Noruega todo sería más fácil. Pensemos en términos feministas: ¿Está usted a favor de obligar a chicas jóvenes a casarse con hombres mayores?

La segunda certeza sobre Amis es que cuando se decide a escribir ficción (casi real, como corresponde a tiempos de incertidumbre) es apabullante. El relato Los últimos días de Mohammed Atta, uno de los dos del libro –el resto es ensayo, pensamiento, eslogan–, es estremecedor y compasivo.

El libro de Wright se explica con plenitud en el subtítulo: Al-Qaeda y los orígenes del 11-S. Se trata de una investigación periodística con el más puro marchamo estadounidense: muchas entrevistas personales, un gran esfuerzo de producción y enormes lagunas resueltas gracias a las tretas de los veteranos en el oficio.

¿Conclusión? La enorme futilidad intelectual de Osama Bin Laden y Ayman al-Zawahiri, dos pobres diablos que acaso tengan cierto grado de magnetismo, sangre fría de asesinos iluminados –de la misma madera que Stalin pero mucho menos instruidos– y, desde luego, buenos patrocinadores, pero que no pasan del “Dios sea alabado y glorificado” a la hora de justificar su praxis.

Ahora leo –me gusta pensar que toda cadena de lecturas tiene un sentido, un fluir natural– El hombre que amaba a los perros, la novela del cubano Leonardo Padura sobre Ramón Mercader, el estalinista español que asesinó a Trotski.

El libro se me cayó de las manos a la primera intentona. Dicen, y tienen razón casi siempre, que toda novela debe comenzar como si te golpeasen en el mentón. La de Padura empieza con un simple leve picor y unas maneras literarias de mal aprendiz: las expresiones “impúdicamente teatral”, “despreocupada habilidad” y “la vida puede ser el peor infierno” conviven en las primeras líneas y predicen una sarta de lugares comunes y empalago. Sin embargo, acaso porque mi ánimo decaido necesitaba un libro blando, volví a por Padura y a estas alturas transito fascinado por la mitad de la novela.

Sangre, revolución, ideales, el infamante Stalin –el peor asesino de masas de la historia, el primer yihadista–, las purgas y crímenes cometidos por los comunistas españoles contra otros republicanos en 1937… Todo me toca como siempre me ha tocado.

Romper “la mierda petrificada del presente”, diría el poeta suicida Maiakovski, e iluminarlo.

Anoche, de madrugada, con el libro en las manos, me pregunté: ¿cuándo deje de achechar lo inesperado?, ¿cuándo dejé pasar el momento?, ¿cuándo me convertí en yihadista de mi propia tontería?.

Tuve que dejar de leer.

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