Hans Poelzig, el arquitecto del miedo

09/08/2016

"The Architect" [Hans Poelzig], 1929. Foto: August Sander - Tate Gallery

“The Architect” [Hans Poelzig], 1929. Foto: August Sander – Tate Gallery

Cuando el fotógrafo August Sander (1876-1964) puso en marcha el quimérico proyecto Antlitz der Zeit (El rostro de nuestro tiempo) —que sólo un alemán etnocentrista podría soñar— de catalogar a toda la raza humana haciendo retratos que tuviesen el valor de arquetipos —aquí, el panadero; allá el abogado; acullá el legislador, el bohemio, el desempleado, el capitán de las SS…— eligió como extracto del arquitecto a este señor  de gesto que parece un rictus, espejuelos intelectuales de montura redondeada de carey, grave elegancia en el atuendo, purito en la mano y arreglo capilar que predice al peinado beatle. Era Hans Poelzig (1869-1936).

La foto, que pertenece a los archivos de la Tate Gallery, fue tomada en 1929. Al retratista y el modelo les aguardaban tiempos aciagos.

Los nazis calificaron a Sander de “aberrante” y “degenerado”, retiraron sus libros de los puestos de venta e incautaron parte de sus negativos —casi todos los demás fueron destruidos en los bombardeos indiscriminados de los aliados sobre la población civil alemana y otros muchos, en el colmo de una cadena de desgracias, ardieron en un incendio accidental en 1946—. Uno de los hijos del retratista, el mejor de un país que nunca ha brillado como patria de fotógrafos sensibles, murió cumpliendo condena por militar en el socialismo. Sander, derrotado por la desgracia, se exilió en sí mismo, nunca más tocó una cámara y murió en el olvido en 1964.

Al hombre que según el fotógrafo del selbst representaba como ningún otro la figura del arquitecto —una palabra cuya etimología espanta: arch significa en griego quien tiene el mando— no le fue mejor. De ser una estrella en el diseño de edificios y un imprescindible de la cultura de Berlín, Poelzig pasó a figurar entre los muchos sospechosos que imaginaba la paranoia nazi. Le tranquilizó en un primer momento proceder de una saga nobiliaria prusiana, los Hanstein, aunque nació como bastardo del titular del condado, pero pronto se percató de que los nacionalsocialistas tampoco les caían bien los estirados viejos dragones de sangre azul y preferían al rudimentario alemán de acero wagneriano.

El arquitecto aceptó en 1933 sustituir como director del Vereinigte Staatsschulen für freie und angewandete Kunst (Escuela Estatal de Artes Aplicadas y Bellas Artes) al modernista Bruno Paul, descalabrado por el régimen porque le encontraron una pizca de ADN judío, pero sólo lo hizo, al menos eso dijo a sus íntimos, para ganar tiempo y organizar la huida de Alemania. Días antes de salir hacia Ankara, Poelzig murió de un ataque al corazón que le ahorró la inclemencia del exilio y el dolor de ver sus edificios derribados o abandonados.

De Poelzig se pueden asegurar tres cosas:

1. Comulgaba con el ideario expresionista: le gustaba la distorsión de formas para suscitar la emoción, optaba por la experiencia interior antes que por el realismo y buscaba la novedad por la novedad.

2. Prefería lo mineral frente a lo vegetal o animal. Tenía razón: una gruta siempre superará en encanto a un río, una montaña a un arenal, un rayo a un caballo…

3. Aspiraba a la simbiosis entre las culturas occidentales y orientales. Algunos de sus edificios merecen ubicaciones islámicas o budistas.

El cruce de estas tres líneas heterodoxas deviene en una arquitectura extraterrena, ajena a todo lo conocido, lisérgiga, casi psicótica. Algunos, y no les falta razón, han llamado a Poelzig “el arquitecto creepy” o “el arquitecto del miedo”.

Los proyectos de este fabricantes de pesadillas —algunos se mantienen en pie, muy pocos, el más voluminoso, aunque ni de lejos el más conseguido, es la sede de la Universidad Goethe en Fráncfort— podrían ser decorados posibles para alguna de aquellas películas expresionistas, maluchas en lo cinematográfico pero conseguidas en la escenificación de ángulos inconcebibles y sombras desaforadas. No es casualidad que él mismo haya participado en el diseño de los decorados de la primera del subgénero, El Golem (1920).

En un texto que escribió como justificación de su arquitectura del delirio en 1906, Poelzing afirma:

Lo histórico sólo nos puede llevar a un retorno puramente decorativo a las formas del pasado (…) Tenemos que buscar un equilibrio real de energías complementarias que ponga énfasis en lo tectónico (…) Toda forma de construcción tectónica tiene un núcleo absoluto, al que debemos adornar decorativamente, pero en primer lugar ha de ser encontrado, aunque aún sea de modo imperfecto y con forma aproximada, ese núcleo.

Arquitecto visionista, este poco conocido profesional alemán, vislumbró construcciones que parecen pensadas para los seres espectales dibujados por el simbolista Kubin, salas de cine con la forma mareante de catedrales paganas, fábricas grotescas y casas en las que parece natural el sonambulismo.

[Escrito para Trasdós]

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