Las bicicletas Luger de Berlín

28/02/2017

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Desde que vivo en esta ciudad yacente y aplanada como los mundos de fiebre que pintaba De Chirico, artista del aburrimiento existencial, he estado a punto de morir atropellado varias veces. Los culpables, porque cada vez me ralentiza más la ciática y ninguna imprudencia cometí como peatón, no fueron, como podría deducirse de una crónica urbana, los conductores de turismos, camiones, autobuses, motocicletas, motocarros, tranvías o cualquier otro vehículo con motores de combustión o eléctricos. El enemigo del paseante, el andariego, el ciudadano que surca el suelo común, es, al menos en Berlín, el ciclista.

Para mantener la referencia caprichosa a De Chirico, a quien han llamado pintor de la metafísica, me gustaría contraponerlo a Fernando Pessoa, el portugués errante con las suelas del calzado tan exhaustas como inagotables, que alguna vez escribió: “Hay bastante metafísica en no pensar en nada”. Bien, de querer vaciar usted su mente de deudas, salarios y otras coacciones sociales, no se le ocurra pasear por Berlín: estará jugando a la ruleta rusa contra 500.000 conductores de balas trazadoras sobre dos ruedas. La ciudad, ancha, llana y ajena, y el talante hirsuto de la mayoría de los berlineses son una fórmula química inestable. Darle una bicicleta a un vecino estándar es como dejar jugar a un infante con una Luger sin seguro.

Las bicicletas —me resisto a usar los términos, al parecer correctísimos, de bici o el aún más bobo bicing— son una especie depredadora invasiva en esta capital, ejemplo para muchos, que, por cierto, nunca han venido, del desarrollo modélico de la locomoción alternativa. Los ciclistas hacen lo que quieren y a la velocidad que les apetece: circulan por dentro y por fuera de los carriles específicos, cruzan semáforos por los pasos de peatones, ruedan impulsados por un eficaz grupo mecánico Shimano y con llantas de carrera que no serían discutibles en un velódromo, maniobran en las aceras como en un concurso de envalentonados free riders —esos que patrocina casi siempre Red Bull, la anfeta en lata—: un bunny hop por aquí, un no-hands por allá… Son ácratas sin casco ni educación, el tigre en una sabana centroeuropea de bípedos lentos y desmañados.

Tuve dos bicicletas en mi vida. La primera, una Orbea de paseo, azul oscura como el Atlántico,  pesada como un cachalote y rústica como el orgullo de la cooperativa vasca que la había fabricado, fue el visado que a los 11 años me permitió escapar del letargo del hogar y atravesar cualquier frontera. Junto a mis amigos Paco y Eduardo, crucé con ella el pavés de las ondeantes carreteras gallegas, agoté el trazado de corredoiras hacia el corazón de las tinieblas y me colé en terrenos donde los mayores se citaban para juegos lúbricos que no entendía del todo. A veces creo que nunca tuve un socio tan leal como aquel aparato con alma exploradora.

Más tarde, a los cuarenta y tantos, compré una híbrida y me equipé como un perfecto histrión de las dos ruedas: culotte, zapatos rígidos con anclaje, casco, cantimplora… La utilicé poco, pero me peleé con algunos conductores gruñones y experimenté, en una ciudad donde el pavimento era para todos, que también ser ciclista urbano es una forma de sufrir el acoso a las minorías. Me sirvió para dejar de fumar durante unos meses y recordar a Eddy Merckx, al que tanto había admirado pese a que quizá también él supiese bastante de engañar al público y al metabolismo con sustancias que llevan el cuerpo a límites reservados a los dioses. La sangre de perro inyectada en vena no había llegado aún, pero los esforzados de la ruta y sus cuidadores estaban en ello.

Ahora me toca rondar por las dilatadas avenidas de Berlín. El primer ciclista que estuvo a punto de enviarme al hospital era uno de esos punks alemanes tan compactos como una ópera de Wagner. No llevaba casco, circulaba a velocidad de sangre de perro y, debo anotarlo a su favor, me soltó un graznido de Waffen-SS cuando el impacto era casi inevitable. Lo vi fundirse en la noche, quizá camino de un ritual a Santa Walpurgis, con la sensación de que había agotado una de mis vidas. El segundo ataque no puedo detallarlo: fue una corriente de aire que me sacudió, una patada etérea, un zas-se-acabó. Entreví solo que se trataba de una mujer y que debía estar entrenando para batir el récord de la hora. Me sentí tan aislado en esta ciudad de bicicletas-parabellum que pude, como diría Pessoa, “palpar la distancia entre mí y mi presencia” e imaginar el cadáver de Jose Ángel González como un manojo de ropa abandonada de “alguien que se fue y no necesitó llevar aquel traje único que había vestido”.

[Escrito para 20 minutosPDF]

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